domingo, 19 de diciembre de 2010

Santísima Virgen María de Guadalupe, Madre del Verdadero Dios por quien se vive.


Dios cual Pintor Soberano

gastar quiso lindas flores,

y a María con mil primores

copió, como de su mano:

Lienzo ministró el indiano

de tosco humilde sayal

en su capa sin igual

se ve con tanta hermosura

que indica ser tal pintura

Obra sobre Natural.

(¿Antonio de Torres?)



* * *



La Imagen guadalupana, de acuerdo con la antigua narración del Nican mopohua, corresponde a la tilma o ayate (capa que se llevaba anudada al hombro) de Juan Diego, testigo de las apariciones marianas del Tepeyac. Con dimensiones de 172.5 cm. de alto por 109 cm. de ancho, el lienzo tejido en fibra de maguey (ixtle) está conformado por dos tramos unidos por una costura que pasa muy cerca del rostro de la Virgen. Hacia el extremo superior derecho de la misma, se alcanzan a ver los rastros del derrame accidental de ácido que tuvo lugar en el año de 1783, por el orfebre que trabajaba en el marco metálico. 
 
 
 

José de Ibarra (1685/1688-1756), Virgen de Guadalupe (anverso), Juan Diego (reverso),

1743, óleo sobre tela, 130 x 90 cm., Acervo de la Catedral Metropolitana

Foto: Manuel Zavala y Alonso

Diversos análisis pictóricos realizados a la Imagen han revelado que, además de las aplicaciones de oro, en su manufactura fueron usadas distintas variantes del temple (que consiste en la mezcla del pigmento vegetal o mineral con un adhesivo: cola, huevo, caseína u otro). Miguel Cabrera, uno de los más celebres pintores del siglo XVIII, aseguró que la Imagen estaba realizada con cuatro técnicas de pintura: el óleo, el temple, el aguazo y labrada al temple. Los pigmentos, conforme a la tradición, fueron prestados para el estampamiento de la Imagen por las rosas recogidas por el mensajero indígena en la cumbre árida del cerrito del Tepeyac.




La Imagen de Santa María de Guadalupe representa, de manera inconfundible, a la Inmaculada Concepción, que señala la preservación de María de toda mancha de pecado original por voluntad del Padre Eterno. La figura de la doncella presentada en el templo antes de ser prometida a san José parece provenir de la Tota pulchra (de la frase “toda bella eres” del Cantar de los cantares, Ct 4, 7), cuyo antecedente es una fuente gráfica alemana: la doncella de cabellos sueltos, tocada de velo, con las palmas en el pecho en oración, ataviada con una túnica estampada de espigas y que inclina suavemente la cabeza a su derecha, como señal de modestia y consentimiento (Suzanne Stratton, La Inmaculada Concepción en el arte español, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1989, p. 35.).



Dicho tipo mariano no sólo se nutrió de figuras del Antiguo Testamento, en especial del Cantar de los cantares, sino también de la Mujer Apocalíptica descrita por san Juan. Ella participará en la lucha entre el bien y el mal al final de los tiempos: “Una gran señal apareció en el cielo: una Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Ap 12, 1). Asimilada a la Concepción Purísima, esta imagen representa a María, encinta o con el Niño en brazos, y en ocasiones con las alas que –según el pasaje bíblico– le fueron prestadas por un águila para huir al desierto. Desde fechas muy tempranas, la Imagen guadalupana fue asociada con la Mujer águila, pero también su vestimenta de túnica rosada y manto azul corresponde a la de la Virgen Inmaculada, que más tarde sería representada con el tradicional albiceleste.
La figura del angelillo también es referida en el Apocalipsis de san Juan. Una de las interpretaciones más socorridas sostiene que el de la Imagen guadalupana es el arcángel san Miguel, capitán de los ejércitos celestiales y defensor mariano por excelencia, quien sería el encargado de llevar a los hombres la Imagen estampada milagrosamente. Baste recordar que desde fechas muy tempranas la figura de san Miguel –junto con la de Gabriel, el arcángel de la anunciación– estuvo asociada al culto mariano. Así fue también en la Nueva España y en especial en el recinto guadalupano, tal como muestra la dedicación al arcángel de la Capilla del Cerrito, construida para señalar el sitio donde Juan Diego recogiera las rosas del milagro, o bien, su presencia en el retablo que ocupó la Imagen durante el siglo XVIII.

Por otra parte, la Imagen remite a la llamada pintura de visión, es decir, al lenguaje de la aparición por medio del cual lo sagrado se hace visible a los hombres. María, suspendida, desciende de las alturas. Su presencia luminosa despeja las nubes en un típico rompimiento (apertura) de gloria. Las nubes, que han ido desapareciendo con el paso del tiempo, constituyen el recurso que permite la visualización de lo sagrado y son señal de la presencia divina. La contemplación de la gloria resplandeciente es posible por medio de su materialidad vaporosa y, al disiparse dichas nubes, la mirada –del vidente o del espectador– penetra en los cielos que se abren. La Virgen de Guadalupe destierra, luminosa, a las tinieblas; su figura misma reafirma la verticalidad de la representación y la direccionalidad descendente: su mirada se dirige hacia abajo y una de sus rodillas se encuentra ligeramente flexionada.
 

¿Quién es ésta que surge cual la aurora,

bella como la luna,

refulgente como el sol,

imponente como batallones?

(Ct 6, 10)

Si bien la Imagen no estuvo coronada por las tradicionales doce estrellas de la Inmaculada Concepción, sobre las sienes de María de Guadalupe estuvo colocada una corona hasta los últimos años del siglo XIX –y así fue copiada en numerosas obras pictóricas, escultóricas y grabadas.

Su rostro de facciones suaves se inclina ligeramente y sus ojos aparecen entrecerrados. A ambos lados de su faz caen sus obscuros cabellos, que se miran ondulados contra la parte interior del manto. Su tez morena, tenida por señal del mestizaje de su pueblo, apela también a la tradición cristiana de las vírgenes negras.

La tela de la túnica parece estar revestida de un delicado pelaje, como se alcanza a ver en el cuello –que se cierra por medio de un broche dorado con una cruz negra– y en los puños –sobre las mangas de una tela más ligera rematada por un encaje de oro.

La joven María tiene las manos en oración, como eterna suplicante en su papel de intercesora por el género humano.

En el manto azul-verdoso, terminado en un borde dorado, se miran esparcidas cuarenta y seis estrellas de ocho picos, cuya distribución coincide con algunos de los astros más brillantes del cielo invernal del año de 1531, y que la presentan como Reina del cielo y Señora del firmamento.

Sobre la túnica, de un tono rosado-rojizo, está aplicada –a manera de arabescos– en oro una decoración vegetal que no sigue los pliegues de la tela. En ella se alcanzan a distinguir nueve figuras de flores, de cuatro y ocho pétalos, o de forma triangular.

A la altura de la espinilla derecha está marcado un número ocho, que ha sido interpretado de distintas maneras. Según Miguel Cabrera, éste señalaba la fecha de las apariciones dentro de la octava (la semana posterior) de la fiesta de la Concepción; o bien era una señal de la “octava maravilla del mundo”.

La Virgen de Guadalupe se mira de pie sobre el cuarto lunar que le sirve de peana o base. En otras imágenes, el astro mariano por excelencia puede aparecer invertido o esférico como luna llena.

La túnica se pliega en la parte inferior, dejando que asome por debajo el delicado pie de María.

Debajo de la luna, un pequeño ángel parece llevar a Santa María de Guadalupe hacia la tierra. El angelillo de alas tricolores (azul-verdoso, blanco y rosado-rojizo) no sólo cumple la función de entonar alabanzas a su Reina, sino que sirve de mensajero y soporte de la Virgen. Los colores de sus alas han sido asociados a los de la bandera mexicana.

Toda la silueta de la Virgen de Guadalupe está rodeada por el Sol que tiene a sus espaldas –símbolo de Cristo como Sol de Justicia y Luz del mundo– el cual produce ciento veintinueve rayos rectos y flamígeros que se van alternando.

La figura de María es contenida por una mandorla de bordes rosados, receptáculo en forma de una almendra casi perfecta que la resguarda a manera de huevo y señala su sacralidad: huerto cerrado que aparta su espíritu de toda materialidad y mantiene su cuerpo incorrupto.

El cíngulo o ceñidor negro debajo de su pecho indica al mismo tiempo su virginidad y su preñez. Así como el Arca de la Alianza guardaba las tablas de la ley (que simbolizaban el pacto de Dios), ella lleva a Cristo en su seno y representa el nuevo pacto que hace posible la redención del género humano. Su análogo indígena, el chincuete, que portan algunas diosas prehispanicas, está también asociado con su pureza y maternidad.

En cuanto a los símbolos indígenas de la Imagen, diversos autores han señalado la coincidencia de algunos de sus elementos con figuras representadas en la escritura prehispánica basada en imágenes. De esta manera, la sagrada Imagen ha sido equiparada con un códice o un antiguo jeroglífico a ser leído al modo antiguo de los indios. Llaman la atención las flores. Éstas, además de ser atributo de algunas diosas como Chicomecóatl o Xilonen, en su variante de Yoloxóchitl, eran tenidas como señal de nobleza.

La flor de cuatro pétalos, localizada en el vientre de María, está relacionada con el nahui ollin (glifo del movimiento); o bien con el quincunce, que simboliza el ordenamiento del cosmos en cuatro rumbos.

Algunas de las figuras de la túnica guadalupana tienen el aspecto de montículos floridos y recuerdan el glifo de altepetl (agua-cerro), utilizado para indicar población, o incluso el de Tepeyólotl (corazón del monte, energía que emerge de la montaña y contribuye a la buena cosecha), advocación de Tezcatlipoca (deidad prehispánica que estaba asociada con el origen del tiempo y del universo).

El Sol, además de su relación cristiana con Cristo, también es símbolo de Tonatiuh y Huitzilopochtli.

La Luna (Meztli), asociada con el significado de México (“en el ombligo de la Luna”), indica el papel la Virgen de protectora de su pueblo.

Los colores mismos de la sagrada Imagen, presentes en el arte prehispánico, coinciden particularmente con los del mito fundacional de México-Tenochtitlan, tal como fue representado en el Códice Mendocino, donde el águila devora a la serpiente en medio de un paisaje lacustre.




Autor/Redactor: Lenice Rivera


Fuente: © Carta Guadalupana. Origen y significado de la Virgen de Guadalupe, México, Artes e Historia México, 2009.

# Imagen original de la Virgen de Guadalupe, temple y óleo sobre tela, 172.5 x 109 cm., Col. Insigne y Nacional Basílica de Santa María de Guadalupe.

Foto: Manuel Zavala y Alonso
 
Foto: Angel H. Pineda Blancarte KofC.